HUMOR

Espero que gusten. En uno me imagino que los habitantes de los libros se molestan por ponerse en personajes cada vez que los leen y, en el otro, recreo el discurso de tanto chanta metido al arte; en este caso lo alcanza la culpa y lo interpreta a su manera (la de chanta). Por suerte le pasa a un pintor, entre los que escribimos no existen estos personajes. Al final, una ironía sobre la moda, con la tribu Sofanhi, anagrama de ...

BIBLIOTECA

El dueño de casa terminó de releer los consejos de Martín Fierro a sus hijos y cerró el libro. Siempre tenía el clásico a mano para recordarlo.
Guardó el ejemplar en su lugar, apagó la luz, y se fue de la biblioteca.
—Oiga, Sigmud, ¿está ahí?.
—....
—Sigmund, soy yo. Fierro. ¡ Hey…!
—Si estoy acá, ¿dónde quiere que vaya?
—Ah, gracias, tengo que hablar con Ud.
—¡Otra vez! No me joda.
—Es que no aguanto más doctor. Hoy me leyó de nuevo.
—Si, ya vi.
—Siempre me agarra a mí, doctor. Yo estoy plácidamente descansando como todos en la biblioteca y tengo que dejar la bata y salir corriendo a ponerme el chiripá, las botas de potro, dormir a la intemperie y, para colmo, hablar en verso como un pelotudo.
—Es su personaje.
—Pero ya estoy cansado.
—Me lo va a decir a mí. Tengo que estar acá desayunando bronce; no solo para el lector, sino para cada uno de los locos que tiene en la biblioteca y, la verdad, que la literatura ha creado más locos que la naturaleza.
—Pero Ud. no es un personaje, es un científico.
—La puta, ¿Todos los días, todo el día científico?. Antes de que Ud. me llamara, estaba descalzo con los pies sobre la mesa, preparándome una..., bueno no importa qué. Me tuve que poner la levita, el plastrón y prender la pipa, tal como me pusieron en la contratapa de la edición de mierda que me tocó.
—Ustedes se quejan? —se escuchó desde “La gesta del Marrano”—. Cada vez que el tipo este me abre la inquisición me pone a la parrilla.
—Por favor, no exageréis – Dijo el ingenioso hidalgo desde el primer estante.
—¡Callate, Loco!, que vos nos ganaste a todos— gritó el Rufián Melancólico.
—Po favor, hermanos, no os peleis. Amaos y encontraréis la verdadera felicidad—se escuchó.
—¡Por qué no te vas a hablar por radio a la madrugada, gil!
—Paren, paren esto es un quilombo. Así no podemos seguir...
—No Dr. Necesito que me escuche—clamó Fierro.
—¿Porqué yo? ahí lo tiene dos estantes más arriba a Lacán, que es tan brillante...
—Noto cierta ironía en sus palabras, colega.
—¡Colega las pelotas! Dijiste lo mismo que yo, más confuso e incompleto.
—Ah, no. No se lo voy a permitir...
—Callense los dos, maricones—Gritó Melanie Klein.
—¡Obsoletos! Gritaron a coro tres neo conductistas yanquees.
—Ustedes porqué no se van a medir el alma, pelotudos!
—Nunca van a entender la obra de Papi—Se escuchó de nuevo desde la Biblia.
—Callate, Hippie anacrónico.
—No traten así al tata—gritó Chiclana pelando el facón.
—Metete el cuchillo en el culo. Exhibicionista impotente.
—Engrupido.
—Bizarro
—Demodee.
—Sádico
—Falopero
—Elitista
—Facho
—Demagogo
 Y la gresca en la biblioteca duró por horas. Si no fuera por las tapas que marcan los límites de los personajes, hubiesen volado floreros y tiros.
De a poco, un leve chirrido de maderas que venía del tercer estante se impuso al griterío. Con una incómoda sensación de vergüenza y resignación todos se fueron callando: El Kamasutra había empezado su rutina nocturna.


FANTASMA

La estación consistía en una tarima, sobre la que me quedé parado, y una oficinita en la punta de un galpón para almacenar granos entre tren y tren.
Miré a mi alrededor, y estuve al borde de correr al último vagón para bajar en algún lugar más civilizado. Me contuve. Sobre la ventanilla cerrada de la oficina había un cartel “Puenque—co” y, para asegurarme, releí el telegrama que llevaba arrugado en el bolsillo del pantalón “TENGO UN FANTASMA—VENÍ URGENTE”, fechado en ese pueblo una semana atrás, con la firma de mi amigo Sebastián Parodi, de quien no tenía noticias desde hacía seis años.
Me crucé el bolso, tomé la manija de los baúles de mis equipos y comencé a caminar hacia el caserío que estaba a seiscientos metros, al costado de una ruta provincial.
Lento y cansado, llegué a un bar y entré a preguntar por alojamiento. Para mi fortuna, podía hospedarme allí :
—Llene la ficha que ya le llevo las valijas
—Gracias—dije y comencé a escribir en una fotocopia gris mis datos personales
—Ah, usted es Larroque
—Si
—¿El médium que llamó Parodi?
—Parapsicólogo
—Si, bueno ¿es usted?
—Si, — se asomó tras una cortina que daría a la cocina y gritó
—Clara, llamá al loco Parodi y decile que llegó el médium
No consideré necesario hacer ninguna aclaración. Me acompañó a mi habitación y aproveche para descansar y tomar un baño con agua tibia. Un par de horas después golpearon la puerta de mi cuarto.
—Voy
—¿Rolo? Soy yo, Sebastián.
—Pasá Seba, está abierto.
Y ahí estaba. Parado en el medio de la habitación tan grande y gordo como lo recordaba, con cara de bonachón asustado. Me hizo crujir los huesos de un abrazo; minutos después estábamos tomando cerveza en el bar y enterándome de qué había pasado.
—Bueno, vos sabés que, hace unos años, desaparecí de Buenos Aires.
—Si, todos nos sorprendimos. Fue poco después de la muerte de tu viejo.
—Si, el único que sabe que pasó es mi hermano, pero le pedí que no contara nada
—Y así fue, pero, bueno. Contame vos.
—Vos lo conocías a mi viejo. Sabés cómo me trataba. El quería que fuera ingeniero, para hacerme cargo de la fábrica, pero lo mió es otra cosa, vos sabés. Por suerte mi hermano quedó al frente, y yo me dediqué a la pintura, que es mi vida y pasión. Rubencito siempre me pasa unos mangos por mes, porque yo figuro en la nómina de la fábrica como Director de Relaciones Públicas e Institucionales, mi viejo no estaba enterado. Vos sabés Rolo que la vida del pintor debe ser dispersa. Si en algún momento pareció que los excesos se iban a apoderar de mi, fue solo para deambular por el camino de la vida, buscando experiencias que enriquezcan mi ser.
—Todavía recuerdo las jodas que armabas en el piso que tenías enfrente a la plaza San Martín.
—No Rolo, no. No eran jodas. ¿Cómo podría pintar las miserias humanas si no convivía con ellas? ¿Qué autoridad tendría mi trazo condenatorio de la sociedad de consumo, si no sufría el hartazgo de la decadencia? No se puede nacer sublime Rolo; es un estado que debe alcanzarse a través del ascetismo propio de la experiencia y no producto del miedo burgués ni la culpa judeo—cristiana. Si bien muchas personas vacías pasaron a mi alrededor, también he conocido a otras que enriquecieron mi interior, como vos mismo Rolo, como el punga López, Rosalía, el Padre Nicolás y tantos otros que la vida me regaló desinteresadamente.
—Si, Seba, pero ¿por qué te fuiste?
—Ah, si. Es que después de muerto mi padre comenzó a perseguirme, Rolo. Su fantasma martirizaba mi vida. Aparecía cada noche recriminándome, diciendo que yo era su peor desilusión, que nunca me dejaría en paz. Así empecé mi derrotero, Rolo. No quise acudir a vos, porque entendí que era un asunto del que debía ocuparme personalmente. Primero huí a Punta del Este y el espíritu de mi padre tardó seis meses en presentarse nuevamente. De allí me fui a Brasil, estuve en Rio, Fortaleza, Ilha Bella me mezclé entre la muchedumbre paulista pero, cada vez que empezaba a olvidarme, volvía a aparecer. Los últimos años estuve recorriendo el interior del país y terminé acá, donde tenemos unas tierras que dejó mi viejo y estoy desde hace quince meses. De vuelta me encontró.
—Pero Seba, ¿por qué no me llamaste antes? ¿Decidiste dejar de huir?
—Si Rolo, si. Nunca voy a abandonar Puenque—co. Acá estoy con mi amor. Por ella voy a rehacer mi vida, tengo que enfrentar mi pasado y garantizarle a mi amor que podré estar libre junto a ella, para hacerla feliz.
—Y ¿Quién es la mujer, la conociste acá o viniste con ella?
—Es la hija del puestero que teníamos en el campo de Luján ¿te acordás?, se vino para acá cuando lo vendimos, se llama Gisela.
—¿de Nicolás, el bigotudo?
—Si, ese.
—Pero Nicolás debe tener tu edad…
—Me lleva tres años.
—Y Gisela cuántos años tiene?
—Diecinueve, pero no sabés lo madura que es…
—Bueno, bueno. Eso manejalo vos, que sabés cómo hacerlo. Contame puntualmente las apariciones de tu padre en Puenque-có
Y estuvo dándome detalles durante una hora, salpicada por digresiones propias de Sebastián, pero que me sirvió para tomar nota de lo que realmente necesitaba. El viejo Parodi aparecía solo de noche. Nunca lo había visto nadie más que Sebastián, y éste solo vágamente, como sombra o bulto. Se manifestaba sobre todo por ruidos y en los sueños del hijo y, lo más importante, en el caserón donde éste vivía solo, acompañado ocasionalmente con Gisela que nunca había alcanzado a oirlo. Perfecto. Le expliqué lo que debíamos hacer.
—Seba, esto es lo que haremos. Yo me voy a mudar con vos a la casa y en el hall principal, voy a instalar mis instrumentos. Vos me vas a ayudar; pondremos en tres esquinas del hall tres referenciadores submateriales apuntando al centro, en la cuarta un condensador de flujo psicotónico y, en el centro la trampa endoplásmica, con mucho cuidado porque es la única en Latinoamérica. En términos generales, lo que va a pasar es que los referenciadores ubicarán exactamente al espectro y darán los datos espacio—temporales al condensador de flujo psicotónico. Este cargará de energía las partículas del ente, dándole más carga a sus fotones, para quitarle ubicuidad y centrarlo en la habitación. Una vez que suceda, la trampa endoplásmica lo atrapará y lo contendrá dentro de si, para que pueda llevarlo al contenedor de entes que tengo en Buenos Aires. ¿Está claro?
—Perfecto Rolo. Vamos a casa.
Así, luego de días de estudio y preparación, con noches de asado y vino dejé todo listo para la captura del padre de Sebastián. Pude comprobar que Gisela era una gringuita espectacular, que veía en el loco Parodi la autopista para dejar Puenque—Có, pero no importaba, primero debía hacer mi trabajo. Así una noche determinada, que Sebastián había tomado lo necesario, nos quedamos en el hall esperando la aparición. Cerca de las dos de la mañana apreté el control remoto de mi bolsillo y el temporizador empezó a correr: a los siete minutos la “trampa” comenzó a lanzar un fino humo, a los diez los “referenciadores” dibujaron una imagen tridimensional sobre la nube del centro mientras el “condensador de flujos” emitía sonidos espectrales y luces rojizas sobre la dantesca situación. Los ojos de Sebastián se salían de sus órbitas y mi brazo izquierdo tuvo el moretón, ocasionado por su mano apretada, durante un mes. A los diecisiete minutos exactamente se abrió la “trampa” y un reflector de cuarzo desdibujó la imagen durante ocho segundos y, bruscamente, todo se apagó.
—¿Qué pasa Rolo?, ¿Qué pasa? –gritaba mi amigo.
—Lo que debía pasar, Seba. Quedate tranquilo. Atrapamos el ente que te perturbaba. Ya no puede salir.
—Y ahora qué se hace.
—Como te dije. Yo me encargo de que no salga más. Vos olvidate.
—Te adoro Rolo. Salvaste mi vida, amigo. ¿Cuánto te debo?, decime lo que quieras.
—¡Seba!, ¿Somos amigos o no somos amigos? Esto te lo hago de gauchada. Lo que si te voy a pedir es que me ayudes a mantener las instalaciones del contenedor de entes, para que todos estemos seguros de que nadie escape, ¿viste?
—Por supuesto, por supuesto. Vos mandale las facturas a Rubencito, que no hay problema. Ya me siento liberado. Es increíble el peso que tenía este ente sobre mi …
Y así, nos quedamos festejando durante tres días el éxito de la cacería. Un tiempo después me enteré que Sebastián volvió a instalarse en Buenos Aires con Gisela. Le duró el tiempo suficiente como para encontrarlo en la cama con una discípula del taller de pintura. Realmente no le cobré el trabajo, porque en el fondo, soy un sentimental.

MIS DIAS EN ÁFRICA

Estimado amigo, luego de haber vivido seis años perdido en lo más profundo del continente africano, voy a contarte mi experiencia con los Sofanhi.
El espíritu aventurero me llevó a recorrer esas vírgenes tierras en busca de nuevas experiencias, y he logrado conocer las sociedades más diversas. De todas, la tribu que describiré me ha deslumbrado, y compartí con ellos once meses inolvidables.
Los Sofanhi tienen un ritual único, que paso a relatar:
Colocan una tabla flexible, calzada por las puntas, sobre un precipicio y una vez por semana el jefe elige quince solteras para bailar, de a una, sobre ella. Si la elegida pesa menos de cincuenta y cinco o cincuenta y siete kilos arquea la tabla, sin que pierda sustento, pero si pesa más, se descalzan sus extremos, y la bailarina se desbarranca 40 metros al vacío.
Recuerdo que todas las señoritas de la tribu eran muy delgadas y bailaban sobre la tabla absolutamente desnudas para evitar el peso innecesario, bajo la atenta mirada de los nativos.
Esta práctica tenía consecuencias en toda la estructura social de los sofanhi.
Al brujo le correspondía la responsabilidad de elegir la tabla para el baile. Era, realmente, un especialista en maderas y poseía la virtud de saber exactamente cuánto toleraban las tablas, que semanalmente preparaba. Muchas historias se tejían sobre él. Había comadres que aseguraban que si alguna señorita estaba excedida en peso, podía visitar al brujo por las noches y lograr que la madera extendida para ella fuera una robusta tabla que no le hiciera correr ningún riesgo.
También he escuchado que brujo y cacique disfrutaban de grandes fiestas con las iniciadas para asegurarles la pasarela y, en caso de conocidas negaciones a participar, hubo virtuosas que bailaron sobre delgadas láminas, que nunca lograron sostenerlas más de un minuto. Ha llegado a mis oídos que este método también se utilizó con las feas.
El brujo tiene, además, la virtud de combinar hierbas secretas para crear poderosos diuréticos, potentes laxantes e incontenibles vomitivos que cambia por frescas frutas y carnosas gacelas. Recuerdo haber visto muchas chicas hacer uso frecuente de estos preparados para estar delgadas.
Cabe destacar que, mientras yo estuve, las señoritas hacían cualquier cosa para ser escogidas. Era mejor visto arriesgarse, que pasar inadvertidas.
Las solteras eran capaces de los mayores sacrificios por estar sobre la rudimentaria pasarela y hacer rugir a todos los hombres de la tribu, en su provocativo y desprovisto baile. Hacían gimnasia todos los días, pasaban largos períodos de ayuno, ponían sus pies en duros moldes de madera para evitar que crecieran, fajaban fuertemente su abdomen para impedir las ingestas excesivas.
Si lograban impactar a su auditorio, las chicas tenían asegurada una vida de riquezas y regalos costosos. Fue famoso el caso de Somara Cain, quien fue elegida semanalmente por el cacique durante diez años ininterrumpidos, hasta que un día se desbarrancó, sin que pudiera explicarse el motivo, ya que estaba tan en línea como siempre, aunque un poco vieja. Dicen que era amante del cacique.
Muchas de ellas, lograban un breve tiempo de gloria, que debían aprovechar para casarse con algún miembro destacado de la tribu: algún pariente del jefe, hijo del brujo o el mejor cazador soltero. Así eran excluidas de la lista de posibles candidatas al baile.
Realmente se esperaba con ansiedad el ritual semanal, ya que las elegidas, pletóricas de alegría cuando terminaban, se entregaban a los más diversos festejos con los presentes en la ceremonia.
Me dolió mucho abandonar esta peculiar y amigable tribu. Pero una tarde, escondido tras un laurel enorme, escuché al brujo hablando con el jefe. Estaban planeando extender la elección semanal a algunos mancebos de la tribu, lo que me decidió a dejarlos.