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SUEÑO DIURNO  

(Este es un ejercicio de diálogo, donde no existe relator. Los datos que maneja el lector están dados solo por el diálogo entre los protagonistas, sin aclaraciones de quién habla, pero bien diferenciado por el discurso. Cuento publicado en Antología Ensamble 2009) 

—Señor Mannes, soy el doctor Barragán, ¿le han informado de la naturaleza de nuestras entrevistas?
—Si. ¿Usted es el psiquiatra?
—Así es. Me han encomendado evaluar su caso, para determinar hasta qué punto ha sido conciente de sus actos, el martes 4 de Marzo. Lo que hablemos a partir de ahora, será grabado. ¿Tiene inconveniente?
—No, no.
—Bueno. En principio, tendremos cuatro entrevistas, comenzando por hoy, que podrán extenderse si ambos lo consideramos pertinente. Yo estoy contratado por la Fiscalía a la que deberé elevar mi informe, quien dará copia a su abogado ¿lo comprende?
—Si, claro. Pero me habían dicho que para esta fecha ya me dejaban en libertad.
—En eso no puedo ayudarlo. Entiendo que nuevas circunstancias han modificado su situación, pero su abogado se lo comunicará seguramente. Le voy a pedir que aclare su nombre, ocupación y edad para el registro y repita lo que declaró el 20 de Marzo en la fiscalía, como lo recuerde. Trataré de no interrumpirlo, excepto que necesite alguna aclaración.
—Si, bueno. Mi nombre es Víctor Raúl Mannes, jubilado del banco provincia, divorciado, eh..., ¡ah! tengo sesenta y seis años. ¿está bien?
—Siga, por favor.
—Bueno, todo empezó con algunos indicios que me desconcertaron, pero no les di mucha bolilla. Me acuerdo que en Diciembre del año pasado, un poco antes de las fiestas, tuve el primer episodio. Me desperté recordando vívidamente, lo que había soñado. Soñé que me había levantado temprano, me pegué una ducha y desayuné. Cuando fui al baño, después de levantarme, estaba empañado el espejo y húmedo el jabón..
—Perdón, ¿usted no se había bañado?
—No, no. Tenía el pelo seco, la misma ropa interior. Ni siquiera me había lavado los dientes.
—Ajá
—Y ahí no terminó la cosa. Cuando fui a desayunar la pava estaba tibia y había migas sobre la mesa. Me llamó mucho la atención, pero pensé que eran síntomas de vejez. Lo iba a hablar con el médico.
—En su declaración anterior habló de otros antecedentes...
—Si, fue algo muy extraño. A principios de Enero, me había levantado recordando un sueño en el que estaba en el departamento de mi hijo, hablando con él, y le decía que no debíamos estar peleados. Que lo que le había contado la madre de mi eran mentiras. Nunca dejé de quererlo, de preocuparme por él. Cuando era chiquito, siempre intentaba verlo, pero mi ex ponía trabas, mandaba al nene a cursos después de las seis de la tarde, que era cuando yo dejaba de trabajar. Los fines de semana no los encontraba nunca. Luego de recordar el sueño, pensé que tenía que hacerlo. Ir al departamento de Luisito y decirle la verdad, pero nunca lo concreté, o al menos eso creía. Pasaron cuatro o cinco días y me olvidé del sueño, pero una noche sonó el teléfono y Luís me decía que había estado reflexionando en lo que le había contado la semana anterior y que él también pensaba que no había motivos para seguir peleados.
—¿Y usted qué hizo?
—Nada. Usted no sabe lo que significa que un hijo le diga eso. Me quedé callado. Pensé que no podía atrasar mi visita al médico, pero a Luisito ni una palabra. Quedamos en encontrarnos más seguido y charlar de nuestras cosas, y ganar el tiempo perdido ¿Cómo le iba a decir que no recordaba que había ido a su departamento?
—¿Ahí fue al médico?
—No. Ahí tomé la decisión de ir, pero estaba medio asustado y siempre lo postergaba por H o por B.
—¿El siguiente episodio fue el 4 de Marzo?
—Nooo, que va...Pasaron varias cosas. Me crucé con el encargado del edificio y me dijo que iba a arreglar el frente del departamento al mes siguiente, que era un tema que siempre me dio bronca, pero nunca se lo había dicho. Pero el portero me pidió disculpas y todavía oigo sus palabras “Si me lo hubiese dicho antes no había razón para enojarse, don Víctor”. Y otras cosas: el diariero empezó a dejarme el diario sin arrugar en la portería, y yo recordaba que había tenido un sueño donde se lo reclamaba, y así varias pavadas más. Al final me asusté y fui a ver al Dr. Falvo, que me derivó a un psiquiatra.
—El doctor Mancuzzo...
—Si, ese.
—¿Pero usted cómo se sentía?
—No entendía nada. Soñaba cosas que después, parece que se producían. Nada como lo del 4 de Marzo, cosas menores, pero que en realidad yo deseaba hacer.
—La satisfacción del deseo...
—¿Qué?
—Nada, nada... disculpe
—Me estaba volviendo loco. Cuando me di cuenta, pasaba todo el día obsesionado, tratando de recordar lo que había soñado la noche anterior. Cuando no recordaba nada, me invadía el terror de haber soñado algo grave y cuando recordaba, estaba pendiente de la comprobación de que realmente había pasado. Hasta que no hablé con Mancuzzo, no tenía explicación de todo esto.
—¿Y después de que habló con el Dr. Mancuzzo?
—Y, por lo menos tuve una explicación. Se llama Sueño Diurno, me dijo.
—No importa el nombre, ¿Usted cree que lo que le dijo el psiquiatra explicaba su padecimiento?
—Mire, la explicación de Mancuzzo fue lo único que tuvo sentido. A mi no me convencía, pero no había otra explicación.
—Cuénteme lo que le dijo Mancuzzo.
—Bueno, que yo me mantenía dormido, pero hablaba con todo el mundo y me movía sin inconvenientes. Para los demás estaba despierto, pero no estaba conciente de lo que hacía.
—Está bien en términos generales, pero ¿le explicó lo particular de su caso?
—Y, más o menos. Me dio unas pastillas que me noqueaban todo el día, después de un tiempo dejé de tomarlas porque me dopaban mucho.
—Mire Víctor, el Sueño Diurno es una patología comprobada, pero en su caso, tendría características únicas. Primero porque todos los pacientes que lo sufren, despiertan, sin entender nada, en el lugar donde se encuentren; usted, hacía algo dormido y luego volvía a su domicilio, se desvestía, se acostaba nuevamente y recién entonces se despertaba. Es muy particular. Además, es el primer caso, del que tengo referencias, que recuerda exactamente lo que hizo estando dormido. Es muy raro. ¿No lo pensó?
—No. No pensé nada. Lo que me dijo el médico era lo único que explicaba lo que me pasaba.
—¿Y cómo explicó el psiquiatra lo del 4 de Marzo?
—¡No lo vi! ¡Si desde entonces estoy en preso, por esa hija de puta!
—¿Y cómo lo explica usted?
—¡Qué se yo! Yo no tengo que explicarlo. Si le busco explicación me voy a volver loco. Explíquenlo ustedes. Mi abogado me dijo que no pueden retenerme por mucho tiempo. Que con el informe de Mancuzzo está comprobado que no soy responsable.
—Bueno, no se ofusque. Le pido que me cuente lo que ocurrió aquella noche.
—Ya lo conté mil veces...
—Si, pero no a mi.
—Me había reunido con mi hijo. Era la segunda vez que nos encontrábamos después de de que hablamos por teléfono. Luisito me contó las barbaridades que Alicia le había dicho de mi. Quise explicarle la verdad. Los ascensos que resigné en el banco por no aceptar traslados lejos de él, las extorsiones que soporté para poder verlo, y, al final, llevé la conversación lejos de recriminaciones y odios. Me centré en su familia, en cómo iban sus cosas. Ahora, de grande, iba a poder formarse una idea más justa de mí. Hablamos hasta muy tarde y luego nos despedimos. Pero cuando volvía a mi departamento estaba furioso. No podía sacarme de la cabeza a aquella hija de puta, metiéndole veneno al nene en la cabeza y cobrándome, si, porque me cobraba, además de lo que le pasaba por alimentos, para poder verlo. Una vez en casa, tuve que quedarme varias horas levantado para poder ir a la cama con sueño y más tranquilo. Cuando me dormí, al rato, empecé a soñar. Me vi a la madrugada en la parada del 12, esperándolo para ir a la casa de Alicia. No me sorprendí. Como en los otros sueños, simplemente hacía lo que debía hacer, sin dudas, sin contradicciones; naturalmente. Subí al colectivo, puse dos monedas en la máquina, me guardé el boleto y el vuelto en el bolsillo derecho del pantalón y me senté en el tercer asiento de uno.
—¿Recuerda la hora, o el número de interno del colectivo?
—¿Qué?, no, no me acuerdo, supongo ue serían alrededor de las 12.
—Siga, siga.
—Estaba inquieto en el asiento, hasta que me toqué el costado izquierdo y noté claramente el 38 que era de mi padre en la cintura y, de un salto me desperté en mi cama. Por las dudas, por lo que sospechaba y no me atrevía a aceptar y por no sé qué, salí corriendo a la calle y tomé un taxi que me llevó volando a la casa de Alicia. Estaba desesperado. Aterrorizado. No quería pensar. Me tranquilizaba imaginando que iba a asustar sin razón a mi ex, e inventaba excusas para justificar mi visita a esas horas. Cualquier cosa para no pensar en la locura que estaba haciendo o la tragedia que se estaba cometiendo. No pensaba. Solo hacía. Por primera vez en mi vida, en vigilia, solo hacía. Cuando llegué a la casa vi la puerta del jardín abierta. Entré corriendo y destrocé de una patada la puerta de entrada de madera. Quedé helado. En el living Alicia estaba en el piso con sangre en la cara, luego me enteré que inconciente, y yo estaba parado junto a ella con el revolver en la mano, a punto de disparar. Salté sobre mí y la figura desapareció. Seguí de largo. Golpee la cabeza contra la pared y me desmayé. Desperté con las esposas puestas y Alicia gritándome ”¡Hijo de puta, me querés matar! ¡Asesino!, ¡Asesino!” y acá estoy. Acusado de lesiones graves e intento de asesinato por esa hija de puta a quien, en realidad, creo que le salvé la vida.
—No me cuente más. Por favor no me cuente más. Hasta acá es lo que declaró al fiscal. Nosotros vamos a tener la próxima entrevista después de que usted hable con su abogado.
—¿Qué es lo que impide que me liberen?
—Creo que usted lo sabe.
—No cometí ningún delito. ¡Estoy preso!
—La entrevista terminó, espere que apago el grabador.... Sr. Mannes, yo soy psiquiatra, pero no trabajo para la oficina pericial de la fiscalía. Soy investigador en jefe del Conicet. Le voy a hacer la última pregunta. ¿Soñó con Alicia anoche?
—Si, soñé... y esta vez no quise despertarme.

LAS ARENAS DE REWE

(Esta es una supuesta grabación, para la cual estudié las corrientes oceánicas, parte de lo que dice el cuento es cierto, es un monólogo del que el relator es ajeno. Publicado en Antología Ensamble 2009)

Un, dos, probando. Hola, hola. Grabación Nro. 37. Fecha 9 de Abril de 2009. Hora 9:18. Lugar Playa de Claromecó. Sur de la Provincia de Bs. As. Argentina. Refutación de Mitos; caso 37 “Arenas de rewe “. Resumen: El mito de las Arenas de Rewe, en la cultura Puelche, sostiene que una vez al año, en la cuarta luna llena y durante la bajamar del primer día, el agua dejará sobre la costa las arenas mágicas que permiten, a quien las pise ser infinitamente feliz. La peculiaridad de este mito es que coincide en su esencia con el del pueblo maorí de la isla de Motu Ihupucu ,o Isla Campbell, conocido como “Marea Uhicu Cum” . En particular, esta isla es bañada por la corriente del Círculo Polar Antártico, que llega con la Corriente de las Islas Malvinas hasta la costa de Argentina, siendo la altura de Claromecó un punto clave en la mezcla con la Corriente de Brasil. Cabe destacar que, como en muchos mitos, en su formulación están implícitas las premisas que hacen imposible comprobarlo, ya que, en éste, nunca se sabe qué zona de la playa será la beneficiada y, además, quien pise la arena sagrada, olvidará completamente su experiencia cuando la abandone. Metodología a aplicar: Recorrido de la playa durante la bajamar en busca de anomalías, con colección de muestras de arena en círculos de 8 Cm. de diámetro, hasta 12 Cm. de profundidad, cada 150 metros numeradas e identificadas por GPS, para su posterior análisis .
Se observa una playa pareja, de arena entrefina y de tonalidad oscura, sin diferenciaciones aparentes, tomándose la primer muestra a las 9 horas 38 minutos, en 38º 51' Latitud Sur, 60º 04' Longitud Oeste. Se sigue con la observación, ingresando al patio de mi casa, donde mamá me espera con el café con leche y el pan con manteca. Lo devoro, mientras mi papá se ceba unos mates, mirándome de reojo. Corro a la bici que me trajeron los Reyes y pedaleo hasta encontrarme con Isabel, para repetir el primer beso abajo del tilo de don Jesús. Sucio, cansado, victorioso, bajo la Sierra maestra, junto al Comandante Un paquete de harina se rompe en mi cabeza y varios huevos me pegotean en la escalinata de la UBA, que se convierte en la sala de partos donde nació Agustín. Le presto mi bici nueva y salimos a jugar, recorriendo las calles de Mercedes, con mi abuelo esperándonos en la esquina. Encarno una lombriz y pescamos mojarras en el río Luján con la gomera al cuello. Con lágrimas en los ojos estoy trepado a un árbol de Plaza de Mayo, el 10 de Diciembre del ’83, afónico de gritar, me descuelgo para compartir con Amstrong, Collins y Aldrin aquel vuelo que volamos todos. Las aguas tocan mis pies, lo que significa que comienza a subir la marea, sin que se haya detectado ningún tipo de anomalía. Doy por terminada la observación, siendo las 12 horas, 54 minutos.