viernes, 27 de noviembre de 2009

Homenaje a Antonio Di Benedetto

Di benedetto disparó en mi dos cuentos que transcribo en este blog. Uno es un ejercicio literario para contar la historia desde las cosas y no desde las personas.
El otro, una visión posible de Enroscado, veintipico de años después. Espero que gusten. Para quien no haya leido "Enroscado", lo voy a subir a este sitio (cuando pueda escanearlo). Si alguien lo tiene digitalizado, agradeceré su envío
Pedro Palacios (a) El Mercedino.


EL DESTINO Y LAS COSAS

“ En tierra de indias, sobre el espinazo de la cordillera de Los Andes, un mercader español ha muerto”
- Antonio Di Benedetto.

El puerto se achica, mientras los barriles rebosan agua dulce y las galletas inundan la despensa.
Los botones de la casaca y el sable deslumbran, tal como lo harán en el regreso triunfal.
En el camarote la pluma raspa, dibujando letras meticulosas sobre el diario de viaje, que se abre cada noche, iluminado por un modesto candil. Las lunas nacen y mueren, mientras la barba crece como el hambre. Los olores son insoportables hasta que se olvidan y la proa cruje hacia el Oeste.
Una tarde la tierra firme aparece, pero baila bajo los pies por varios días; al fin se aquieta. La selva es penetrada por la cruz, que empuja la ambición del oro.
La luna sigue muriendo, los botones ya están negros y el acero percudido y mellado, por sangre y huesos de infiel.
Piel contra coraza, acero contra piedra.
Un tiento suena grave, por la descarga de una vara flexible, empujando la madera. El aire silba, rasgado por la punta afilada que traspasa la coraza, que quiebra, que perfora.
El diario de viaje cae, ya desprolijo, con manchas del color que tenían los morriones, muchas lunas atrás. El mercader español, devenido aventurero, se desangra sobre un sueño.


EL AMOR DE UN HIJO
“En la casa que ha quedado vacía de la madre, el niño recorre con suavidad habitación tras habitación. Las mira pausadamente, como si descubriera su contenido o la altura de las paredes.”
Enroscado- Antonio di Benedetto

El servicio era perfecto. El féretro brillante, las luces suficientes y los detalles de lujo discretos, pero visibles. El hombre joven, parado junto al cajón, los apreciaba, mientras infinitas contradicciones peleaban en su frente. Una sola cosa era indudable: la tristeza.
No estaba de acuerdo con las manifestaciones frívolas del velatorio, los autos y los brillos. Sabía que su posición obligaría a varias personas a mentir pésames y vivir la ceremonia como un compromiso necesario; mezcla de obligación social y especulación económica.
Pero a la vez, sentía que la ceremonia compensaba el tiempo que no tuvo, para cuidar a su padre. La vida del viejo no le había alcanzado para quererlo todo lo que merecía. Lo sentía y se avergonzaba por mezquino.
Un resquicio de conciencia alcanzaba para evitar la cara de fastidio ante las convenciones vacías - “Doctor Ortega, mi más sentido pésame”-, los intentos de consuelos estadísticos –“¿Qué edad tenía su papá” – o las indagaciones morbosas del “¿cómo fue?”.
Solo un pequeño grupo de amigos conocía el dolor de la pérdida y permanecía callado. Ellos sabían que el hombre del cajón había renunciado a amigos, amores y carrera para criar a Roberto, desde que se murió su esposa. Fue padre, madre y hermano, olvidándose aún de su propio duelo y, desde sus limitaciones, permitir que “Berto” (como lo llamaba) pudiera crecer y estudiar. Esos amigos no pudieron evitar cruzar miradas cuando apareció en la sala una mujer mayor, acompañada de su hijo, caminando hacia el cajón.
- Bertito –dijo la mujer-; apenas me enteré le dije a Luís que me trajera.
- Hola, tía. Hola Luís. No te hubieses molestado tía, está bien. Roberto pensó en la falta de tacto que les da a los viejos la cotidianeidad de la muerte y se resignó a aguantar- Vení sentémonos un rato.
La charla siguió en voz baja demostrando ambas partes un exagerado interés en el otro. Cortesía y especulación, hasta que la tía habló: “Luís te quería preguntar si no necesitás una chica en tu estudio”. Los recuerdos comenzaron a traicionar a Ortega; sintió la mano derecha apretada por la de su papá; el alivio cuando el hombre volvía del trabajo y encendía la luz de la pieza. Lejos le llegaba la voz de la tía “… la nena de Luís, Laura, terminó el secundario, viste…”. Escuchó el eco de un niño gritando y la vieja diciéndole “animalito”, mientras un gigante hecho callo lo rodeaba para protegerlo del inhóspito mundo sin mamá. El salón, comenzó a girar cuando un señor canoso, de traje negro, lo sacó de su ensueño –Doctor Ortega, vamos a cerrar el féretro- le dijo. Se levantó como un autómata y besó la frente del muerto. En silencio, volvió al sillón junto a su tía, mientras ruidos metálicos le recordaban que el mundo seguía su camino.
- ¿Podrás Bertito? –insistió la tía.
- ¿Qué?
- Laura. ¿Podrás darle un trabajo a tu sobrina?
Quiso escupirla, insultarla; gritarle que ni él ni el viejo merecieron su olvido. Que debió insistir, que debió cuidarlo, pero la cara de idiota del primo le hizo decir otra cosa:
- Está bien, tía. Decile que el lunes vaya a ver a Raúl Rodríguez. Yo le voy a avisar para que la atienda.
- Gracias, Bertito, yo sabía…
Antes de que pudieran seguir, el canoso se acercó nuevamente, con la afectada delicadeza de un profesional:
- Doctor Ortega, debemos organizar el cortejo –miró a la mujer- ¿la señora es pariente?
- Sí, soy su tía.
- Entonces, le pido por favor que se moleste…
- ¡No, no! –dijo Roberto-. La señora no integrará el cortejo.

1 comentario:

Anónimo dijo...
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