sábado, 23 de julio de 2016

domingo, 7 de junio de 2015

PRESENTADA LA NOVELA


Ayer, 6 de junio, presenté mi novela Absoluta confianza, puede ser bajada del link de la derecha. Expusieron Graciela Loisi y Osvaldo Beker y cantó Sergio Yané. Me acompañaron un montón de amigos. Un momento bárbaro.

domingo, 7 de diciembre de 2014

PRESENTACIÓN DE LA MECHA - 6 de diciembre de 2014

Presentamos La mecha Osvaldo Beker, María Graciela Loisi y yo. La idea es un libro con consignas para coordinadores y alumnos de talleres de redacción, con cincuenta consignas, un texto de ejemplo y un encuadre teórico sobre la manera de cumplir la consigna dada. Como muestra, vale un botón, así que dejo la consigna que el Prof. Osvaldo Beker leyó en la presentación:

Consigna 45: Desarrollar un microrrelato en el que se use el tiempo futuro de manera preponderante.
           
Mañana

Acá estás, Matías. Perfecto, hermoso, inteligente. Preparado para todo. Mañana vas a bajar las escalinatas de la facultad de ingeniería y tu novia va a hacer como que te sorprende, esperándote con la barra de amigos, armados con harina y huevos. Y vas a simular desagrado por el enchastre, pero la sonrisa ancha irá desmintiendo todas las quejas pudorosas. Vas a poder sumarte a la fábrica del abuelo y vas a ser la tercera generación de industriales. Seguro que tu formación va a hacer que la fábrica crezca como nunca y…
—¿Y, gordo?, ¿le cambiaste el pañal a Matías?
—Estoy en eso, estoy en eso.

El texto juega con la ambigüedad de la palabra “mañana”, que significa “el día siguiente a hoy” y, también, “futuro”. La situación descrita por el Narrador es precisa porque busca que el lector suponga la primera acepción pero, en realidad, se trata de una enorme proyección. Este tipo de relato no debe confundirse con la prolepsis. En “Mañana” no se sabe si lo anticipado sucederá o no, mientras que una prolepsis es un salto prospectivo que da cuenta de acciones que efectivamente suceden.[1]
Léase el magistral cuento del sueco Stig Dagerman, “Matar a un niño”,[2] para ratificar la hechura de este tipo narrativo, id est, de un texto que ostenta, fundamentalmente, el empleo del tiempo futuro, ya sea en las formas verbales, ya sea en la inclusión de ciertos adverbios.




[1] Ver Consigna 30, en la que se hallará más información y, además, se brinda la correspondiente ejemplificación en el microrrelato “Puente Saavedra”.
[2] Dagerman, 2010. 

miércoles, 12 de junio de 2013

Karadagian

Era martes, así que me había propuesto trabajar, ya que los lunes se usaban para charlar del fin de semana,  los miércoles los gastábamos en preparativos para el partido de la tarde, los jueves estaban llenos de cargadas (dadas o recibidas) y los viernes, cansados de la semana, dilatábamos el almuerzo hasta horas inusitadas.
Acomodé todos los papeles sobre el escritorio con el correo abierto y comencé a ordenarlos y a contestar “emilios”, con la eficiencia de Gaguito distribuyendo el juego en la mitad de la cancha. Si todos los días tuviese la productividad de los martes, sería presidente del banco.
A las once y media me llamó mi jefe a su oficina y, optimista como estaba, fui inmediatamente, él estaba acompañado:
—¿Cómo le va Pedro?, siéntese por favor, ¿conoce al doctor Fernando Barrios?
—Mucho gusto, doctor—estreché la mano del cuervo—, no lo conocía personalmente, he recibido sus correos sobre amparos y consultas legales que he hecho.
—Mucho gusto—dijo el cuervo, distendido y sonriente
—Mire, Pedro, tenemos un problema— empezó mi jefe, sin tutearme—. El jueves de la semana pasada usted informó por mail que estaba cerrada la presentación ante el B.C.R.A., por el canje de los Cacones 2017.
—Sí, Ricardo, así fue—dije aliviado, había sido un lio importante que cerré perfecto, mi jefe podía estar tranquilo, cuidé celosamente sus “reales”.
—Sin embargo, el doctor Barrios ha recibido una queja del director comercial, Carlos Render, a quien no le informaron del vencimiento del canje y quedó con una posición de Cacones 2013 que ya no puede ingresar, y su precio se ha derrumbado al 15% de lo que valían al jueves— ¡a la mierda!, pensé, tenía que contestar rápido
—Yo circulé un correo quince días antes del vencimiento, Ricardo.
—Pero el señor Render no lo recibió, de hecho, yo tampoco lo recibí, acabo de chequearlo —dijo Barrios
—Disculpe, doctor, pero usted no tiene posición de Cacones 2013, usted tiene Trash 2014 —por suerte siempre tengo las tenencias de la plana mayor en la cabeza, ¿cómo se me había escapado Render?
—Lo mismo debería haberlo hecho —dijo en voz más baja el boga
—Entiendo que no debo comunicar información que es pública, doctor —dije envalentonado, sin tener en cuenta con quienes estaba hablando, error
—No me vengas con esas boludeces —me dijo Ricardo, lo cual hizo que no me entrara un alfiler debajo de las uñas, empecé a buscar salidas por otro lado
—Quince días antes del vencimiento solicité un listado, con todas las tenencias de Cacones a Sistemas, que me enviaron tarde.
—Sistemas dice que se lo entregó a la hora once, del día siguiente de solicitado —resucitó Barrios
—Sí, doctor, lo recibí, pero a última hora, después de las cuatro. Recién al otro día pude comunicar la operatoria a todos los tenedores.
—Bueno, no a todos, según Render… —tordo hijo de puta, pensé
—No dudo de la palabra del director, debería controlar el listado de distribución
—Pedro, si Render dice que no lo recibió, no lo recibió, no controles nada —dijo mi jefe, que, evidentemente, tenía una vieja pelea con Render y se veía a la parrilla, y parecía que yo sería las brasas.
—Sí, Ricardo, ¿podría hacer un par de llamados telefónicos? —me jugaba todo en una carta
—Si es indispensable… —dijo mi jefe, con la cara que ponía cuando calculaba una indemnización por despido
González tenía que salvarme, para algo le enviaba presentes todos los años, marqué el número del Banco Central:
—Hola, Lacho, ¿cómo te va?, soy Pedro, del Bookaner Bank
—Hola, Pedrito, ¿cómo te va?
—Más o menos, Lacho, me quedó colgada una posición de Cacones 2013, ¿puedo agregar?
—¿Estás loco?, si los compraste hoy a dos mangos y entrás en el canje sería una estafa.
—Los tengo en custodia en Caja de Valores desde antes
—Bueno, si es así, presentá una rectificatoria hoy, antes de las seis, con un certificado de la Caja, que la posición es anterior al jueves y te los tomo.
Besé los pies de González, siempre me salvaba las papas. Colgué y llamé inmediatamente a mi asistente:
—Juan, rescatá la presentación al BCRA de los Cacones y agregale la tenencia de Render, ya voy a controlarla. Transferilos a la cuenta del Central ahora mismo.
Colgué aliviado, traté de que la voz no me temblara:
—Les pido disculpas, seguramente ha sido un error de mi oficina que regularizaré hoy mismo, después le alcanzaré, personalmente, la documentación a firmar al señor Render —Ricardo me miró como para matarme, pero aliviado, ya estaba con la cara con que enterraba futuros en algún cementerio de elefantes
—Bueno, tratemos de que no se repitan estas situaciones —revolvió Barrios, en un claro mensaje a mi jefe, y comenzó a levantarse.
Como por arte de magia, apareció Juan, tras el vidrio de la oficina de Ricardo, y el alma se me fue al cuarto subsuelo
—Parece que tengo que firmar la transferencia, ¿puedo?
—Sí, andá —dijo Ricardo
Cuando salí, Juan, tartamudeaba “Render no tiene Cacones”, me dijo. Tragué saliva, cerré los ojos y me metí de vuelta en la que, creía, sería mi cámara de gas.
—Perdón, Ricardo, doctor. No aparece la tenencia del señor Render.
—¡¿Cómo!? —trinó Barrios— ¡Llamá inmediatamente a la oficial de las cuentas de Render, a Lucrecia! —El alma me volvió al cuerpo, pasé a ser Karadagian contra el oso Bongo. Ricardo estaba a punto de partirme la silla en la cabeza y jurar que nunca me contrató, ni tuvo oportunidad de conocerme y que nunca confió en mí, a pesar de no haberme conocido
—¿Lucrecia Sánchez? —pregunté aliviado, pero con el estómago aún vacío, no podía ser tan fácil
—Sí —dijo Barrios, con un tono de ¿qué Lucrecia querés que sea, pelotudo?
—Ricardo, Lucrecia es oficial de las cuentas off shore, tal vez, la tenencia del señor Render esté en Gran Coyote, que está fuera de nuestra incumbencia… —estoy seguro que reprimió las ganas de tomar mi cabeza con las dos manos y besarme la frente
—La llamo yo, ahora—dijo, y tomó el teléfono
Nunca vi a mi jefe ponerse las jinetas como se las puso con la pobre Lucrecia, colgó y siguió con Barrios
—Evidentemente ha sido un error —dijo—, pero de la custodia off shore. Te pido por favor, Fernando, que chequees estas cosas, antes de dudar de nuestra labor, no hay nada que pueda achacarse a Pedro —pasé de estar hechado a sumar para el bonus, en cinco minutos; estoy seguro que sonreí sin querer. Pero del otro lado, había una anguila muy hábil.
—Ya veo, ya veo, Ricardo, te pido disculpas, pero ya que tenemos la posibilidad de presentar una rectificatoria al Central, bueno, ¿podríamos arreglarlo...? —ambos me miraron, tragué saliva y encaré, no estaba acostumbrado a jugar en esa categoría…
—Si el departamento de legales me autoriza, puedo transferir desde la cuenta del banco, que tiene Cacones sin canjear, y cuando recibamos los de Render, lo regularizamos.
—Sí, sí —dijo Barrios— ahora mismo te autorizo con un correo, lo copio a Render —nuestras cabezas giraron a Ricardo. Sonriente y dueño de la pelota, aceptó. Ya estaría imaginando cómo cobrarla.
—Bueno, decile a Render que pase hoy, por el escritorio de Pedro, a firmar la documentación —¡Quiero vale cuatro!
Se fue Barrios y Ricardo me miró satisfecho
—Van a querer apretarte, transferí tu teléfono al mío y quedate acá, vamos a tomar un wiskicito hasta que llegue la autorización, ¿mañana tienen partido…?

—Sí, y va a ser chivo…—y me quedé, disfrutando del martes. La semana estaba hecha.

viernes, 31 de mayo de 2013

Des-cuento

este cuento, cortito y simpático, fue el que más satisfacciones me trajo, espero que guste

En la romería de las ideas fui a buscar una de apuro. Tenía que hacer un cuento, y entregarlo a mi editor, antes de que saliera el sol del martes.
Puntualmente había cobrado el adelanto y lo utilicé para incrementar mis vivencias creativas. Es decir, alcohol, boliche, amigos, parranda y me quedó un pequeñísimo saldo a invertir en la adquisición de una idea, ya que el tour motivador no arrojó más resultado que resaca.
Presuroso, acudí a la tienda de Conflictos Universales; quería erigir un monumento a mi amada, como nunca se hubiese hecho. Adquirir frases deslumbrantes que manifestaran, con simpleza y economía, ideas tan abarcadoras como el morir por ella. Estaban muy caras.
Resignado a bajar un escalón, comencé a revolver en la mesa de saldos y, aún por los temas fuera de moda, pedían un disparate: La Revolución estaba como cinco mil dólares, varias Utopías rondaban los tres mil quinientos; La Muerte, clásico de todos los tiempos, no bajaba de los cuatro mil. Salí asustado de los Conflictos Universales y me metí en el negocio de Problemas Coyunturales, ahí los precios están más acomodados. Un drama por la inseguridad, rondaba los dos mil, la angustia post-divorcio también andaba por ahí; historias con moralejas estaban más baratas, pero se notaba que eran del año pasado, tanto tiempo en la vidriera las habían decolorado. De todos modos, todo era mucha plata.

Después de dar vueltas por Desamores Melancólicos, Costumbrismo Obligado, Realismo Mágico Trucho y Plagios Desconocidos, conté los pocos pesos que tenía y solo podía comprar una anécdota en el quiosco de la salida de la romería, así que aquí está, sepan entender las limitaciones de mi presupuesto.

viernes, 14 de octubre de 2011

EL ESPEJO

(Cuento ganador del 1er. Premio Narrativa Adulto SADE Seccional Surbonaerense 2011)

La primera vez fue el miércoles 5 de octubre del año pasado. Estoy seguro, porque habían pasado dos días de mi cumpleaños cuarenta.
Me levanté sigiloso, como siempre, para no despertar a Esther  y fui al baño a ducharme. Abrí el grifo y dejé que se juntara mucho vapor antes de meterme bajo el agua.
Recuerdo que demoré el baño, poniendo la cara de frente a la lluvia primero y la nuca después. Me enjaboné con parsimonia, evaluando la carrera que mi abdomen había iniciado hacía ya varios meses y que iba ganando. Prometí volver al gimnasio y sumí la panza, mientras la golpeaba con ambos puños. Los músculos olvidados seguían allí.
Cuando terminé, cepillé mi espalda con fuerza y me afeité bajo la ducha, de memoria, mientras mi cuerpo se enjuagaba solo.
Me sequé dentro de la bañera y salí rápido.
En el baño hay un espejo de cuerpo entero en un mueble que está a la salida de la ducha, antes del vanitory, cuando crucé ante el vidrio empañado, creí notar una forma rara en el bulto que imitaba mis movimientos, en realidad todo empezó ese día, pero no presté atención. Me vestí, ya se levantaba Esther y desayunaríamos juntos.
Al día siguiente recordé la distorsión del espejo mientras me duchaba y apuré el trámite para mirarme en él. Sequé mi cuerpo y me paré ante el armario empañado; claramente, el reflejo bajo la bruma no era el mío; quité con ansiedad la humedad y apareció ante mis ojos, pasando la toalla desde adentro, una mujer desnuda que me recordó a Esther veinte años atrás. No era ella, solo un aire. Mirándome con estupefacción, como yo la miraba, la mujer reflejaba todos mis movimientos, pero con su cuerpo exquisito.  Tenía mi estatura y, sin atinar a taparse, mostraba sus senos firmes y caderas redondas. Su ombligo era chato; las piernas largas y delicadas, terminaban en finísimos tobillos. Sobre la cabeza, una toalla enroscada no dejaba ver su cabello y, unos centímetros debajo del turbante, ojazos marrones y tristes  me atravesaban. No sé cuánto tiempo estuve inmóvil ante esa imagen. Solo recuerdo que Esther golpeó la puerta y, culpable de nada, salté fuera del cuadro y me vestí apurado, giré para ver qué pasaba en el otro espejo que estaba arriba del vanitory y  apareció mi cara asombrada.
Al día siguiente no me bañé. Demoré acostado lo suficiente como para no tener tiempo. Desayuné, mentí apuro y traté de ocuparme todo el día, para no pensar en la imagen.
Por la noche, estuve inmóvil en la oscuridad de mi cama, sin saber qué haría al día siguiente.
No sé cuánto tardé en dormirme y abrí los ojos antes del grito del despertador. Desayuné primero, lo que nunca hago, y luego, resuelto, fui a la ducha. Desnudo crucé frente al espejo, miré de reojo y me vi. Durante el baño, espiaba hacia el armario a través de la mampara y solo veía el reflejo de la otra punta del cuarto. Terminé de bañarme, salí de la ducha y ambos comenzamos a limpiar cada lado del vidrio.
Esta vez ella no tenía la toalla en la cabeza. El pelo caía como un torrente claro, rodeando su fino cuello por el lado izquierdo, hasta el busto. Dije "hola", pero solo escuché mi voz y vi cómo movía sus labios finos y apretados. Abrimos la puerta del armario, ella con la mano izquierda, yo con la derecha. Su cuerpo se fue afinando para dejar ver toallas dobladas, papel higiénico, frascos y aerosoles. Cerramos rápido y estuvimos de nuevo cara a cara.
Tímidamente estiré la mano hacia el espejo y toqué la superficie plana, pero con la humana tibieza de su palma. El calor me atrajo, y apoye todo mi cuerpo contra el de ella. El límite vidriado siguió hasta que cerré los ojos; entonces, de inmediato, el vidrio se convirtió en su cuerpo. Nos abrazamos y nos besamos desesperados. Mis manos recorrieron su espalda y viví la sensación de abrazar una rosa suave, firme y tibia. Incólume sentí  su salto y sus piernas rodeando mi cadera. La apreté a mí y nunca supuse que se podía amar tanto con un solo cuerpo. Sus uñas se clavaron en mi espalda y por instantes fui ella, yo, el espejo, el vapor y el silencio. Luego vino el desahogo, la frustración por no seguir, el alivio de no haber muerto. Abrí los ojos y nuevamente me encontré con el espejo y su cara, difuminada por mi aliento empañado. Nos alejamos y, lento y feliz, inicié mi rutina diaria.
Los días que siguieron se medían en duchas. Cambié mis hábitos. Me levantaba más temprano, disfrutaba de mis encuentros con ansiosa adicción. Nunca me sentí tan pleno. Apenas salía del baño desayunaba e iba a trabajar temprano, evitando el encuentro con Esther.
Comencé a ser mejor. Mejor para ella. Ponía más empeño en mi trabajo, inicié la prometida dieta, practiqué gimnasia periódicamente. Quería conquistarla, amarla por siempre, vivir con los ojos cerrados. Cada noche recordaba su cara para dormirme con una sonrisa; cada mañana saltaba de la cama con la emoción del primer encuentro. Cada tarde deseaba cada mañana.
Con Esther nos fuimos distanciando sin reclamos. Lo más importante que sucedía en mi vida no podía contárselo, ¿de qué iba a hablar? El trabajo, la política, la inseguridad fueron ocupando el lugar de los proyectos e infidencias entre nosotros. No me importaba, solo pensaba en la mujer de la ducha.
Los días transcurrieron felices hasta que una pequeña nube apareció en mi mente. Qué pena no poder hablar. El sexo, exquisito, intenso, silencioso, necesitaba un nombre, un gemido, una palabra.
Al principio ignoré la falta. Traté de no poner en riesgo lo que tenía con disconformidades, pero la semilla brotaba. Una mañana no tuvimos sexo; nos limitamos a acariciarnos, tratando de suplir nuestras voces. Solo sirvió para entender que ambos sufríamos la misma carencia.
Los días que siguieron fueron horribles; el mal humor se adueñó de mí. Me acerqué a Esther, nos amamos con violencia, sin dejar de ser dos solitarios que ocasionalmente coincidían en una cama.
Frente al espejo intenté hablar con los ojos cerrados, sin escuchar más que mi voz; hice esforzadas señas, pero lo único que veía eran mis movimientos hechos por ella. Sus brazos agitándose como yo los agitaba, su cara repitiendo mis gestos, su mano escribiendo en un papel mis mensajes.
Varios días me senté frente al espejo a contemplarla sentada, como un rito de despedida diaria. Hace poco, no pude contener el llanto y, con mis manos sobre la cara, volví a cerrar los ojos y sentí su piel acariciándome. Me sobresalté y levanté la cabeza, viéndola, irremediablemente, en el vidrio.
Ese día me quedé a desayunar con Esther. Resuelto, convencido de que no podría seguir así, le dije que el baño ya me había cansado, que debíamos remodelarlo, que hacía muchos años que estaba igual.
— Si —me dijo—, me parece bien. Cambiemos todo, pero el espejo se queda.

domingo, 16 de enero de 2011

MERCEDES

No sos solo mi pueblo, mis padres,
mis amigos. Sos también su fantasía.
Sos la necesidad de verme
con una infancia, una pelota,
una gomera y pantalones cortos.
Sos los Morés, Palacios, Díaz Navarro
que sobreviven mezclados con
Ruggeri de otras tierras.
Sos la verdad y la creación
de un adolescente que descubrió
su acento, sus eses aspiradas, y
comprendió que no eran casualidad.
Sos la vergüenza de algunos apellidos
y una burla socarrona
al porteño desarraigo.
Sos calles limpias y recuerdos
que me sorprenden.
Sos la manera que tuve de descubrir el mundo,
antes de saber que existía en otros lados.