viernes, 14 de octubre de 2011

EL ESPEJO

(Cuento ganador del 1er. Premio Narrativa Adulto SADE Seccional Surbonaerense 2011)

La primera vez fue el miércoles 5 de octubre del año pasado. Estoy seguro, porque habían pasado dos días de mi cumpleaños cuarenta.
Me levanté sigiloso, como siempre, para no despertar a Esther  y fui al baño a ducharme. Abrí el grifo y dejé que se juntara mucho vapor antes de meterme bajo el agua.
Recuerdo que demoré el baño, poniendo la cara de frente a la lluvia primero y la nuca después. Me enjaboné con parsimonia, evaluando la carrera que mi abdomen había iniciado hacía ya varios meses y que iba ganando. Prometí volver al gimnasio y sumí la panza, mientras la golpeaba con ambos puños. Los músculos olvidados seguían allí.
Cuando terminé, cepillé mi espalda con fuerza y me afeité bajo la ducha, de memoria, mientras mi cuerpo se enjuagaba solo.
Me sequé dentro de la bañera y salí rápido.
En el baño hay un espejo de cuerpo entero en un mueble que está a la salida de la ducha, antes del vanitory, cuando crucé ante el vidrio empañado, creí notar una forma rara en el bulto que imitaba mis movimientos, en realidad todo empezó ese día, pero no presté atención. Me vestí, ya se levantaba Esther y desayunaríamos juntos.
Al día siguiente recordé la distorsión del espejo mientras me duchaba y apuré el trámite para mirarme en él. Sequé mi cuerpo y me paré ante el armario empañado; claramente, el reflejo bajo la bruma no era el mío; quité con ansiedad la humedad y apareció ante mis ojos, pasando la toalla desde adentro, una mujer desnuda que me recordó a Esther veinte años atrás. No era ella, solo un aire. Mirándome con estupefacción, como yo la miraba, la mujer reflejaba todos mis movimientos, pero con su cuerpo exquisito.  Tenía mi estatura y, sin atinar a taparse, mostraba sus senos firmes y caderas redondas. Su ombligo era chato; las piernas largas y delicadas, terminaban en finísimos tobillos. Sobre la cabeza, una toalla enroscada no dejaba ver su cabello y, unos centímetros debajo del turbante, ojazos marrones y tristes  me atravesaban. No sé cuánto tiempo estuve inmóvil ante esa imagen. Solo recuerdo que Esther golpeó la puerta y, culpable de nada, salté fuera del cuadro y me vestí apurado, giré para ver qué pasaba en el otro espejo que estaba arriba del vanitory y  apareció mi cara asombrada.
Al día siguiente no me bañé. Demoré acostado lo suficiente como para no tener tiempo. Desayuné, mentí apuro y traté de ocuparme todo el día, para no pensar en la imagen.
Por la noche, estuve inmóvil en la oscuridad de mi cama, sin saber qué haría al día siguiente.
No sé cuánto tardé en dormirme y abrí los ojos antes del grito del despertador. Desayuné primero, lo que nunca hago, y luego, resuelto, fui a la ducha. Desnudo crucé frente al espejo, miré de reojo y me vi. Durante el baño, espiaba hacia el armario a través de la mampara y solo veía el reflejo de la otra punta del cuarto. Terminé de bañarme, salí de la ducha y ambos comenzamos a limpiar cada lado del vidrio.
Esta vez ella no tenía la toalla en la cabeza. El pelo caía como un torrente claro, rodeando su fino cuello por el lado izquierdo, hasta el busto. Dije "hola", pero solo escuché mi voz y vi cómo movía sus labios finos y apretados. Abrimos la puerta del armario, ella con la mano izquierda, yo con la derecha. Su cuerpo se fue afinando para dejar ver toallas dobladas, papel higiénico, frascos y aerosoles. Cerramos rápido y estuvimos de nuevo cara a cara.
Tímidamente estiré la mano hacia el espejo y toqué la superficie plana, pero con la humana tibieza de su palma. El calor me atrajo, y apoye todo mi cuerpo contra el de ella. El límite vidriado siguió hasta que cerré los ojos; entonces, de inmediato, el vidrio se convirtió en su cuerpo. Nos abrazamos y nos besamos desesperados. Mis manos recorrieron su espalda y viví la sensación de abrazar una rosa suave, firme y tibia. Incólume sentí  su salto y sus piernas rodeando mi cadera. La apreté a mí y nunca supuse que se podía amar tanto con un solo cuerpo. Sus uñas se clavaron en mi espalda y por instantes fui ella, yo, el espejo, el vapor y el silencio. Luego vino el desahogo, la frustración por no seguir, el alivio de no haber muerto. Abrí los ojos y nuevamente me encontré con el espejo y su cara, difuminada por mi aliento empañado. Nos alejamos y, lento y feliz, inicié mi rutina diaria.
Los días que siguieron se medían en duchas. Cambié mis hábitos. Me levantaba más temprano, disfrutaba de mis encuentros con ansiosa adicción. Nunca me sentí tan pleno. Apenas salía del baño desayunaba e iba a trabajar temprano, evitando el encuentro con Esther.
Comencé a ser mejor. Mejor para ella. Ponía más empeño en mi trabajo, inicié la prometida dieta, practiqué gimnasia periódicamente. Quería conquistarla, amarla por siempre, vivir con los ojos cerrados. Cada noche recordaba su cara para dormirme con una sonrisa; cada mañana saltaba de la cama con la emoción del primer encuentro. Cada tarde deseaba cada mañana.
Con Esther nos fuimos distanciando sin reclamos. Lo más importante que sucedía en mi vida no podía contárselo, ¿de qué iba a hablar? El trabajo, la política, la inseguridad fueron ocupando el lugar de los proyectos e infidencias entre nosotros. No me importaba, solo pensaba en la mujer de la ducha.
Los días transcurrieron felices hasta que una pequeña nube apareció en mi mente. Qué pena no poder hablar. El sexo, exquisito, intenso, silencioso, necesitaba un nombre, un gemido, una palabra.
Al principio ignoré la falta. Traté de no poner en riesgo lo que tenía con disconformidades, pero la semilla brotaba. Una mañana no tuvimos sexo; nos limitamos a acariciarnos, tratando de suplir nuestras voces. Solo sirvió para entender que ambos sufríamos la misma carencia.
Los días que siguieron fueron horribles; el mal humor se adueñó de mí. Me acerqué a Esther, nos amamos con violencia, sin dejar de ser dos solitarios que ocasionalmente coincidían en una cama.
Frente al espejo intenté hablar con los ojos cerrados, sin escuchar más que mi voz; hice esforzadas señas, pero lo único que veía eran mis movimientos hechos por ella. Sus brazos agitándose como yo los agitaba, su cara repitiendo mis gestos, su mano escribiendo en un papel mis mensajes.
Varios días me senté frente al espejo a contemplarla sentada, como un rito de despedida diaria. Hace poco, no pude contener el llanto y, con mis manos sobre la cara, volví a cerrar los ojos y sentí su piel acariciándome. Me sobresalté y levanté la cabeza, viéndola, irremediablemente, en el vidrio.
Ese día me quedé a desayunar con Esther. Resuelto, convencido de que no podría seguir así, le dije que el baño ya me había cansado, que debíamos remodelarlo, que hacía muchos años que estaba igual.
— Si —me dijo—, me parece bien. Cambiemos todo, pero el espejo se queda.

lunes, 3 de octubre de 2011

BAMBARA

Abrí los ojos y distinguí el cielorraso en penumbras, era la madrugada del miércoles. No recordaba haber soñado nada, pero estaba pensando en Augusto Ransfeld. Ransfeld había comenzado su tratamiento hacía varios meses, no recordaba cuántos en ese momento, y lo había atendido en la víspera.
Casi al final de la sesión me dijo que había soñado que me asesinaba. Supuse que no me había afectado el comentario; lo tomé como otras de sus maneras de negarse a recibir ayuda. En cierta forma me alegré de que lo dijera e intenté alentarlo preguntándole para qué serviría mi muerte. Hablaba bien de mí si fantaseaba que sólo matándome iba a dejar de ayudarlo. Pero, a pesar de mis racionalizaciones, me había afectado: no me desvelaba un paciente desde hacía más de una década, en mis tiempos de recién recibido; algo había.
Sin dudarlo, fui al escritorio, tomé los apuntes de la última sesión y me instalé en la cocina, con una enorme taza de café.
Había llegado a la consulta puntual, algo desalineado (seguramente había descansado poco) y muy tenso. Comenzó a balbucear palabras intrascendentes a los tres minutos de acomodarse, con todas sus ceremonias, en el diván. Empezó hablando muy lento, con ansiedad contenida. No decía lo primero que pensaba, se lo marqué. Lo negó. Seguía contenido. Quería generar mi participación; veo un dibujo en mi libreta, que no recordaba haber hecho:

Luego se estiró casi desperezándose y hablo de recuerdos perdidos. Fue para él como una huída de sus pensamientos, un refugio que no alcanzó. Después de unos segundos de duda, se incorporó a medias y girando la cabeza dijo “Licenciado, anoche soñé que lo asesinaba” desafiándome con su declaración, tal vez ensayada de antemano. La frase seguía sin inquietarme, fue bien interpretada en aquel contexto.
Volví para atrás; el dibujo, anterior a que Ransfeld pronunciara su amenaza, se revelaba, claramente, como una máscara ritual Bambara.
 Enorme nariz, ceño fruncido y una boca muy pequeña. La sesión de la víspera justificaba plenamente el tamaño de la boca, pero el bosquejo mostraba una manifestación cultural de una tribu que había estudiado hacía años y creía olvidada. Siempre me sorprendió su deidad, Ngala, y sus doscientos sesenta y seis atributos, relacionados a cada día de las nueve lunas de gestación de un niño. Nueve Meses. Busqué la agenda del año pasado y ahí estaba. Ransfeld había empezado su consulta hacía exactamente nueve meses. Me pregunté qué significaba la máscara Bambara allí, amenazante, callada y brutal. Descuidadamente giré la libreta y la boca se convirtió en yo mismo en posición fetal, haciendo equilibrio en un obelisco altísimo y desproporcionado. Pasó como un flash por mi mente el asesinato de Rodolfo “Fito” Marinaro, un querido colega y amigo, ocurrido poco tiempo antes de que apareciera Ransfeld. La sangre se me heló; entendí el dibujo cuando la puerta de la cocina estalló de una patada y Ransfeld apareció frente a mí con una escopeta. Sonrió, la alzó hasta su hombro, escuché cuando montaba los dos gatillos y salté de la cama traspirado, temblando, agitado. Esta vez mi esposa se sobresaltó, me desperté como en mi sueño anterior, pero ahora sé que es por el ruido en la cocina.

domingo, 16 de enero de 2011

MERCEDES

No sos solo mi pueblo, mis padres,
mis amigos. Sos también su fantasía.
Sos la necesidad de verme
con una infancia, una pelota,
una gomera y pantalones cortos.
Sos los Morés, Palacios, Díaz Navarro
que sobreviven mezclados con
Ruggeri de otras tierras.
Sos la verdad y la creación
de un adolescente que descubrió
su acento, sus eses aspiradas, y
comprendió que no eran casualidad.
Sos la vergüenza de algunos apellidos
y una burla socarrona
al porteño desarraigo.
Sos calles limpias y recuerdos
que me sorprenden.
Sos la manera que tuve de descubrir el mundo,
antes de saber que existía en otros lados.

domingo, 9 de enero de 2011

LA PARED Y MI ABUELO

El abuelo Toribio, era un viejo sólido, o al menos así lo veía a los nueve. Lo recuerdo con sus pantalones grises arriba de la cintura, sonriente, mirando desde unos anteojos de carey de marco tan grueso que, solo cuando se los sacaba, se parecía a su hermano Zoilo. La vida de Toribio fue una parábola, pero no en sentido literario, tuvo inicio, cenit y ocaso. Paradójicamente parábola es una metáfora: Se vino para la Argentina desde una aldea perdida en la provincia de Soria, región de Castilla y aterrizó en Mercedes como pudo. Tuvo una época muy próspera, que no conocí, como dueño del único bazar del pueblo y se casó con una Morés, hija del intendente. Luego sufrió una estafa, que hizo que se convirtiera en viajante, hasta que se le sumó la jubilación. El abuelo tenía dos pasiones: la Sociedad Española de Socorros Mutuos de Mercedes, de la que era tesorero, y el mural con lozas y cerámica que pacientemente armaba cada tarde que no tenía que viajar, en el paredón del fondo del patio de casa.
Tarde a tarde empeñaba su tiempo en seleccionar trozos de cerámicas y loza que separaba por tonalidades y, dentro de ellas, por tamaño. Era muy claro el sistema de ordenamiento de su colección; tenía tres filas de recipientes en su taller, los trozos grandes en el piso, en el primer estante los medianos y en el segundo los pequeños, ordenados desde el blanco hasta el azul obscuro, casi negro, pasando por unas quince tonalidades intermedias.
Cuando yo conseguía algún pedazo de loza, sabía perfectamente dónde iba, pero no lo colocaba en su lugar hasta tener su aprobación. Para analizar las piezas, dejaba de sonreír.
Si bien era muy claro para toda la familia cómo guardaba los trozos, nadie podía comprender el criterio utilizado para adherirlas a la pared. Tomaba distancia, pasaba largo rato contemplando su obra y luego comenzaba a seleccionar colores y tamaños para cubrir una zona, pacientemente, con una espátula un poco más grande de la que se usa para pintar.
Recuerdo que mi padre, en las tardes de mucho frio o calor, le insistía para que entrara a la casa y dejara su mural, a lo que el abuelo se negaba sistemáticamente, de mala manera. Yo sentado en la punta del patio, miraba cómo se iba formando la composición, esforzándome vanamente por encontrarle sentido.
Su obra era silenciosa y discreta. Ningún amigo de la Sociedad Española pasó al patio a contemplarla ni nunca escuché que la mencionara con alguien que no fuera de la familia, lo que incrementaba mi confusión.
Veranos e inviernos pasaron, mientras Toribio completaba trozo a trozo su incomprensible obra. El tiempo hizo que yo estuviera más preocupado por jugar con amigos que contemplar a mi abuelo, y me fui olvidando de la pared del fondo.
Crecí, nos mudamos de casa y el abuelo murió en Julio del 72, víctima de un cáncer de estómago que lo mantuvo en breve agonía. Hoy, treinta años después, vuelvo a Mercedes a renovar su tumba en la bóveda de la Sociedad Española y mientras espero, tras el que fue su escritorio, reconozco el dibujo de la pared del fondo en un viejo mapa de Castilla.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Homenaje a Antonio Di Benedetto

Di benedetto disparó en mi dos cuentos que transcribo en este blog. Uno es un ejercicio literario para contar la historia desde las cosas y no desde las personas.
El otro, una visión posible de Enroscado, veintipico de años después. Espero que gusten. Para quien no haya leido "Enroscado", lo voy a subir a este sitio (cuando pueda escanearlo). Si alguien lo tiene digitalizado, agradeceré su envío
Pedro Palacios (a) El Mercedino.


EL DESTINO Y LAS COSAS

“ En tierra de indias, sobre el espinazo de la cordillera de Los Andes, un mercader español ha muerto”
- Antonio Di Benedetto.

El puerto se achica, mientras los barriles rebosan agua dulce y las galletas inundan la despensa.
Los botones de la casaca y el sable deslumbran, tal como lo harán en el regreso triunfal.
En el camarote la pluma raspa, dibujando letras meticulosas sobre el diario de viaje, que se abre cada noche, iluminado por un modesto candil. Las lunas nacen y mueren, mientras la barba crece como el hambre. Los olores son insoportables hasta que se olvidan y la proa cruje hacia el Oeste.
Una tarde la tierra firme aparece, pero baila bajo los pies por varios días; al fin se aquieta. La selva es penetrada por la cruz, que empuja la ambición del oro.
La luna sigue muriendo, los botones ya están negros y el acero percudido y mellado, por sangre y huesos de infiel.
Piel contra coraza, acero contra piedra.
Un tiento suena grave, por la descarga de una vara flexible, empujando la madera. El aire silba, rasgado por la punta afilada que traspasa la coraza, que quiebra, que perfora.
El diario de viaje cae, ya desprolijo, con manchas del color que tenían los morriones, muchas lunas atrás. El mercader español, devenido aventurero, se desangra sobre un sueño.


EL AMOR DE UN HIJO
“En la casa que ha quedado vacía de la madre, el niño recorre con suavidad habitación tras habitación. Las mira pausadamente, como si descubriera su contenido o la altura de las paredes.”
Enroscado- Antonio di Benedetto

El servicio era perfecto. El féretro brillante, las luces suficientes y los detalles de lujo discretos, pero visibles. El hombre joven, parado junto al cajón, los apreciaba, mientras infinitas contradicciones peleaban en su frente. Una sola cosa era indudable: la tristeza.
No estaba de acuerdo con las manifestaciones frívolas del velatorio, los autos y los brillos. Sabía que su posición obligaría a varias personas a mentir pésames y vivir la ceremonia como un compromiso necesario; mezcla de obligación social y especulación económica.
Pero a la vez, sentía que la ceremonia compensaba el tiempo que no tuvo, para cuidar a su padre. La vida del viejo no le había alcanzado para quererlo todo lo que merecía. Lo sentía y se avergonzaba por mezquino.
Un resquicio de conciencia alcanzaba para evitar la cara de fastidio ante las convenciones vacías - “Doctor Ortega, mi más sentido pésame”-, los intentos de consuelos estadísticos –“¿Qué edad tenía su papá” – o las indagaciones morbosas del “¿cómo fue?”.
Solo un pequeño grupo de amigos conocía el dolor de la pérdida y permanecía callado. Ellos sabían que el hombre del cajón había renunciado a amigos, amores y carrera para criar a Roberto, desde que se murió su esposa. Fue padre, madre y hermano, olvidándose aún de su propio duelo y, desde sus limitaciones, permitir que “Berto” (como lo llamaba) pudiera crecer y estudiar. Esos amigos no pudieron evitar cruzar miradas cuando apareció en la sala una mujer mayor, acompañada de su hijo, caminando hacia el cajón.
- Bertito –dijo la mujer-; apenas me enteré le dije a Luís que me trajera.
- Hola, tía. Hola Luís. No te hubieses molestado tía, está bien. Roberto pensó en la falta de tacto que les da a los viejos la cotidianeidad de la muerte y se resignó a aguantar- Vení sentémonos un rato.
La charla siguió en voz baja demostrando ambas partes un exagerado interés en el otro. Cortesía y especulación, hasta que la tía habló: “Luís te quería preguntar si no necesitás una chica en tu estudio”. Los recuerdos comenzaron a traicionar a Ortega; sintió la mano derecha apretada por la de su papá; el alivio cuando el hombre volvía del trabajo y encendía la luz de la pieza. Lejos le llegaba la voz de la tía “… la nena de Luís, Laura, terminó el secundario, viste…”. Escuchó el eco de un niño gritando y la vieja diciéndole “animalito”, mientras un gigante hecho callo lo rodeaba para protegerlo del inhóspito mundo sin mamá. El salón, comenzó a girar cuando un señor canoso, de traje negro, lo sacó de su ensueño –Doctor Ortega, vamos a cerrar el féretro- le dijo. Se levantó como un autómata y besó la frente del muerto. En silencio, volvió al sillón junto a su tía, mientras ruidos metálicos le recordaban que el mundo seguía su camino.
- ¿Podrás Bertito? –insistió la tía.
- ¿Qué?
- Laura. ¿Podrás darle un trabajo a tu sobrina?
Quiso escupirla, insultarla; gritarle que ni él ni el viejo merecieron su olvido. Que debió insistir, que debió cuidarlo, pero la cara de idiota del primo le hizo decir otra cosa:
- Está bien, tía. Decile que el lunes vaya a ver a Raúl Rodríguez. Yo le voy a avisar para que la atienda.
- Gracias, Bertito, yo sabía…
Antes de que pudieran seguir, el canoso se acercó nuevamente, con la afectada delicadeza de un profesional:
- Doctor Ortega, debemos organizar el cortejo –miró a la mujer- ¿la señora es pariente?
- Sí, soy su tía.
- Entonces, le pido por favor que se moleste…
- ¡No, no! –dijo Roberto-. La señora no integrará el cortejo.